Un beso y un “Dios te bendiga” bastaron como despedida

Tras recibir la noticia caminó por los andenes del metro, seguramente pensó muchas cosas durante ese par de horas, pero el tema principal era cómo escribirle una despedida digna a quien representó una figura tan importante en su vida. 


No debe juzgársele, para los que nos dedicamos a escribir, pensamos en escribir para exorcizar los demonios propios y extraños. Digo, los músicos hacen canciones…

Plasmar en extensas y sentidas líneas los momentos que vivió junto aquel hombre de pocas palabras y que por tanto expresaba un cariño que no se escuchaba pero se sentía, fue la primera opción. Sin embargo pensó: “No será suficiente”.

A manera de homenaje, roseó loción en su persona, hizo una pausa en su caminar y tomó aire antes de entrar al departamento. Sabía que no diría nada, sólo abrazaría  a su madre y lloraría inevitablemente porque así como la risa se contagia, el llanto aún más…

“Ya se fue mi viejito”, con la voz entrecortada y el rostro bañado en lágrimas pronunció la mujer para después dirigirlo hasta la habitación donde tantas veces había entrado a decir -¿Cómo estás abuelo?
En ese momento, no habría más palabras, un beso y un “Dios te bendiga” bastaron como despedida para un hombre que dio cuanto pudo y hasta el último instante.

Más tarde y de camino al velatorio pensaba: -No es verdad, la próxima vez que visitemos el departamento él abrirá la puerta como siempre. Para tres segundos después, caer en cuenta de que se trasladaban al cementerio donde al día siguiente sería sepultado.

La ocasión sirvió inoportunamente para reencontrarse con familiares y conocer a otros. Recuerdos, anécdotas y condolencias se escucharon a lo largo del velorio hasta el momento que el difunto se volvió lo menos importante pues ya hacía falta café y galletas…

El reloj marca las tres de la tarde y la atención regresa al féretro donde yace el cuerpo de quien lo llevaba a la escuela en auto no sin antes sintonizar “El fonógrafo”, quien lo esperaba para almorzar pues era el pequeño quien nunca faltaba a la mesa tras el llamado del abuelo. Quien años más tarde preguntaba: -¿Cómo va la chamba? para iniciar la plática. Llegaba la hora de llevarlo a la llamada ‘última morada’.

No hubo momento más idóneo para saber quién estaba tranquilo con cómo se portó con el que ahora dentro del ataúd baja hacia el hoyo cavado, quién realmente lo extrañará y quién sabe que su arrepentimiento no lo dejará vivir en paz.

Ahora un mes después sabe que no será fácil aceptar que no habrá más llamadas del abuelo, ya nunca más el aroma a tabaco y loción. Ya nunca más verlo caminar hacia él siempre con lentes de sol, con periódico en mano después de escuchar misa.

Cada quien vive su duelo de manera diferente, pero ha decidido hablar, recordar y reír por los buenos momentos, pues parece una manera sana de hacerlo…


En memoria de Víctor Manuel Viurcos Vázquez.

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