Anita, una historia de tantas…
En un lugar con las dimensiones de la Ciudad de México a diario ocurren historias inimaginables, unas gratas y otras desgarradoras.
Por Sebastián Huerta Viurcos
Anita sufrió por años los maltratos de quien ella sabía, era su madre, pero en realidad se trataba de su abuela. En la casa vivía con tres menores más, quienes pensaba que eran sus hermanos, pero las investigaciones arrojaron que eran sus primos; los cuatro estaban al “cuidado” de la mujer de la tercera edad.
En diciembre de 2016, Anita ingresó al Instituto Nacional de Pediatría (INP) para ser atendida por diferentes lesiones y malformaciones, después de ser hallada en la esquina de la Calle 67 y Calzada Ignacio Zaragoza, aun sangrando de una herida en el labio superior y con marcas recientes de encadenamiento en las manos.
Tras meses de indagatorias, en marzo de este año, elementos de la Policía de Investigación lograron ubicar el paradero de la mujer, quien con un tubo provocó las lesiones mencionadas y cuya hija (la madre biológica de Anita) murió tiempo atrás de sobredosis, para después ser aprehendida.
Dentro del Instituto, la menor fue sometida a diversas operaciones reconstructivas para revertir las malformaciones del cráneo y el labio superior. Y aunque, difícilmente algo podrá reconstruir la infancia de Anita, su estancia en Pediatría tuvo hasta entonces, varios de los momentos más felices de su vida.
Necesitada de cariño y atención, desarrolló una especial conexión con las enfermeras del servicio de ortopedia, doctores y la trabajadora social del turno matutino.
Aunque contaba con una cama para descansar, cuando llegaba la hora de dormir, Anita prefería acurrucarse en un mueble donde las enfermeras hacían las anotaciones del turno, entre todos sus muñecos de peluche, regalos de quienes a lo largo de un mes se enteraron de la historia de la niña de la cama 211.
Durante esos días, aprendió a utilizar el dvd y la televisión del ambiente en el que estaba hospitalizada. Entre sus nuevos hábitos, un hecho curioso robó la atención de las mismas enfermeras, y es que Anita, lavaba sus dientes hasta cuatro veces por la noche.
-¿Otra vez al baño Anita?
-¡Voy a lavar mis dientes! Decía con entusiasmo porque nunca antes había tenido un cepillo nuevo, propio y decorado.
Cuando las heridas sanaron…
Entre pláticas se supo que ella no sabía lo que era festejar un cumpleaños. Y lo que para quienes la atendieron era la inevitable despedida, para Anita fue su primera fiesta; entre globos, serpentinas y por supuesto un pastel, la felicidad la niña conmovió a los presentes.
-Anita, tenemos que ir a un lugar muy bonito, dijo la trabajadora social para después romper en llanto.
-“No llores, si al rato voy a regresar”…
Anita no regresó al INP, fue trasladada a un albergue auspiciado por la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México para después ser reubicada en una casa hogar.





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